En esta web se reproduce la carta que 67 cofrades andaluces enviaron al director del diario "La Nueva España" de Gijón para protestar por los ataques de un párroco de dicha localidad contra nuestra Semana Santa, tachándola de simple folcklore y puro sentimentalismo. Las firmas y los DNIs de todos los cofrades adheridos a la carta obran en poder del director de "La Nueva España". No los reproducimos aquí por la poca garantía de privacidad que ofrece un medio como Internet. Estamos cansados de que se ataque a nuestra Semana Santa gratuitamente, más cuando los ataques van siempre en la misma dirección y desde la más ramplona de las ignorancias.

 

ANTE LOS ATAQUES DE ALGUNOS PÁRROCOS DE GIJÓN A LA SEMANA SANTA ANDALUZA

 

A/A Sr. Director de "La Nueva España" de Gijón:

 

Sr. Director:

Con profundo dolor, y no sin indignación, hemos leído la desgraciada polémica que en su diario han mantenido varios párrocos y algunos cofrades de su ciudad en torno a la Semana Santa gijonesa. Como andaluces y como cofrades, no podemos sino sentirnos ofendidos por las insultantes declaraciones de alguno de dichos párrocos respecto a nuestra Semana Santa. Desde estas líneas queremos hacer constar que el señor párroco de Santa Cruz de Jove, don José Manuel Álvarez, ofendió a miles de personas refiriéndose a las representaciones pasionales de nuestra tierra como «expresión folclórica o puro sentimiento al estilo andaluz». El furibundo ataque no por repetido es menos desafortunado, y su autor demuestra un desconocimiento absoluto de la realidad que implica la Semana Santa en Andalucía, no en vano conocida por la «tierra única de María Santísima».

 

Para información de don José Manuel, la inmensísima mayoría de los católicos comprometidos de Andalucía pertenecemos a cofradías de Semana Santa. Hablar de simple folcklorismo o puro sentimentalismo viene a poner en duda la solidez de nuestra fe, formada en las hermandades, con la asistencia de nuestros párrocos y directores espirituales. Pero no sólo nosotros, cofrades laicos, sino que buena parte de nuestro clero local ha conocido la fe «alrededor de los pasos», en las casas de hermandad. Si en vez de insultar a la ligera se informase un poco, sabría que, por ejemplo en Sevilla, y en parte gracias a las cofradías, están cubiertas a medio y largo plazo las necesidades de sacerdotes en la diócesis, y que son no pocos los cofrades que en la actualidad se forman en el seminario para ordenarse próximamente. (¿cuántos seminaristas, nos preguntamos, habrán salido de las parroquias que dirigían algunos de estos sacerdotes en los últimos años?) Si se informase, sabría que las cofradías mantienen de su propio bolsillo templos abiertos en los que se dice misa a diario durante todo el año para que numerosos fieles se beneficien de sus frutos; que allí donde hay cofradías instaladas florece la vida espiritual y la afluencia en las parroquias, que además de su labor de culto constante, las cofradías organizan catequesis y cursos de formación durante todo el año, que las cofradías contribuyen de su propio bolsillo a restaurar iglesias, que mantienen sacerdotes, que fomentan la devoción al Santísimo Sacramento con cultos continuados a Su Divina Majestad, que los artículos en sus boletines internos son instrumentos para la formación espiritual regular de los cofrades... Si el señor párroco se informase, en fin, sabría que la acción social de las cofradías andaluzas es tan importante, que si ellas faltasen muchas instituciones civiles se las verían y se las desearían para suplir su labor. Desde centros de atención a discapacitados, de estimulación precoz para niños deficientes, centros de fomento y creación de empleo dentro nuestras fronteras... o ayudas a  pueblos necesitados fuera de ellas (con donación de alimentos y ropa, material médico para hospitales)... hasta las sencillas ayudas a los necesitados más próximos (pagar alquileres a familias que no pueden permitírselo, ayudas para evitar embargos, pagar colchones a quien no tiene donde dormir, apoyos para estudios de los niños, becas a seminaristas...). Claro que, en nuestras cofradías, nosotros no hablamos en clave “progre” de “lucha contra el pecado estructural” sino que somos tan brutos que lo seguimos llamando caridad, esa virtud cristiana que nace del Amor. Tal y como hablaban nuestros santos, vinculados a las cofradías. ¿Qué diría Sor Ángela de la Cruz, recientemente canonizada, si escuchase lo que don José Manuel dice de su querida hermandad de la Amargura? ¿Qué diría nuestro beato Spínola y Maestre, si oyese lo que dicen en Gijón de su cofradía del Gran Poder, de la que fue orgulloso hermano mayor? El señor párroco de Santa Cruz de Jove debería informarse de lo que habla antes de llamar folcklorismo a lo que no es sino Tradición (aunque a él pueda no sonarle bien). Las hermandades andaluzas, incluso en sus aspectos más culturales, siguen uniendo a las generaciones pasadas con las futuras desde hace cientos de años. Y no sólo en la fe, que también, porque es en las cofradías donde la mayoría de los católicos andaluces aprendemos a amar a Cristo, sino que la vida familiar se vincula de tal modo a la cofradía, que no se concibe la una sin la otra. Desde que el niño nace y es inscrito en la hermandad, hasta que hace su último viaje a la Casa del Padre amortajado con su túnica penitencial, la hermandad es centro de la vida cristiana (y social) de miles de andaluces. Midan, pues, el calibre de la ofensa.  

 

Algunos de estos párrocos deberían además, si su ofuscación y su desprecio se lo permitiesen, no decir cosas como que las procesiones son “un fenómeno del cristianismo antiguo” (como si lo antiguo dejase de ser válido por serlo), y atender a las reiteradas indicaciones del Vaticano (también de los documentos del último Concilio y posteriores a él) sobre la religiosidad popular. Así, quizás abrirían los ojos a una realidad bien viva que tienen ante ellos, como esta polémica demuestra (la de las cofradías), y en lugar de combatirla se preocuparían por hacer todo lo posible por acercarse a ella y aprovechar las grandes posibilidades que estas legítimas asociaciones de laicos ponen a disposición de la Fe (como hacen, y bien, muchos de nuestros pastores en Andalucía). Claro que, para eso, antes que de “pecados estructurales” hay que preocuparse por lo primordial, que es la salvación de las almas.

 

Nos despedimos pidiendo a Dios y a su Santísima Madre que don José Manuel recapacite, y le comunicamos que aceptaremos gustosos y en fraternal unión su rectificación a tan grave ofensa, y que si ésta finalmente no llegase, no descartaríamos elevar nuestra queja a nuestros legítimos pastores y, cómo no, al obispo de Oviedo por este insulto a la sensibilidad y a la vivencia de la Fe cristiana de tantos miles de católicos andaluces.

 


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